El sonido del Siléncio

saxofon.jpgLo primero que recuerdo en mi vida es un terrible estallido, esa fue la última vez que escucharía algo en mi vida, tenía seis años.
El atentado se produjo frente a mi casa, la explosión de los cuarteles de la Guardia Civil, reconocído por ETA. Recuerdo haber salido de casa para ir a comprar el pan. Cuando desperté en el hospital, recuerdo estar rodeada de médicos y enfermeras moviendo la boca sin emitir sonido alguno. Estaba sorda.
Mi mundo se redujo al siléncio. Un siléncio intolerable, casi envuelto en la locúra lúcida de que núnca más iba a escuchar algo, los primeros años fueron un tormento, no escuchaba el sonido de la voz de mi madre, cuando me hablaba, no podía hacerme a la idea de lo que decían los personajes de los dibujos animados que tánto me hacían reir cuando todavía podía oirlos. No había música en mi vida.
Mi ilusión tan solo consistía en hacerme la voz dentro de mi pequeña mente, leía avidamente lo que se me ponía en las manos, lecturas de todo tipo, de todas clases, quería sentír las mentes de los demás tintadas en los papeles que componían los libros. En el colegio todo fué de mal en peor, pese a mis notas, no tenía sensibilidad espacial, lo que me vetaba bastante a la hora de sentir las explicaciones de los profesores. Poco a poco pude llegar a percibir lo que decían "escuchando" sus labios.
Diez años después de aquel terrible suceso, después de haber pasado mil y un calvarios y habiendo aprendido un lenguaje compuesto por signos manuales con los que me podía comunicar más fácilmente con los que se habían preocupado en aprenderlo debido a mi incapacidad, un amigo mío me regaló un saxofón. Creí que se reía de mí.
Toca, me dijo, y ya me dirás.
Durante cinco años más, y después de haberle negado la palabra debido a aquel insulto, sentí curiosidad por ese instrumento. No sabía como era la música. No recordaba ni una sola nota en mi mente. Cojí el instrumento, con dedos temblorosos y más inclinada a deshecharlo que a tocarlo. Pero algo me dijo que debía probar.
Una lágrima amorosa y tranquila afloró en mis ojos cuando el "sonido" del saxofón penetró en mi cuerpo como una vibración vacía, lejana, pero perceptible.
Habían otras maneras de escuchar, y ya me habían dado las claves para hacerlo. Poco a poco mi sentido del tacto fue haciéndose más sensible. Podía percibir la voz de una persona poniendo mi mano en su pecho. Podía sentir el sonido del saxofón a través de mis labios.
Incluso podía interpretar las partituras con un poco de estudio y algo más de dedicación que la habitual.
A partir de entonces, me dediqué exclusivamente a hacer de mi cuerpo un procesador de sonidos, llegando al punto de percibir la presencia de alguien a mi espalda, o de saber que me estaban hablando a través de las vibraciones del espacio.

Me dí cuenta de que el mundo no puede pasar desapercibido a los ojos y el tacto del que no oye.
15/06/2004 11:41 #. Tema: Cuentos.

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