Camino de Vuelta

No pude evitar la tentación de subirme al tejado.
Había llegado de noche, mi coche se había estropeado en una carretera perdida. El motor no hacía más que hechar humo.
Decidí que como mi teléfono no tenía cobertura tenía que salir de allí como fuese. El calor de las tres de la tarde era insoportable. Agosto, mal més para perderme por el mundo, pero las aventuras son las aventuras, así que cogí mi mochila y me encaminé por la senda que hacía bien poco había destrozado los bajos y dos ruedas de mi pobre medio de transporte.
Anduve por la senda un par de horas, no podía respirar y el calor estaba abrasando mis pulmones, un poco de sombra me aliviaría ese estado de extenuación que sentía. El bosque me daría el cobijo que necesitaba, así que sin pensarmelo dos veces subí hacia los árboles que se encontraban a la izquierda del camino y me refugié entre sus ramas.
Poco a poco la luz iba apagándose, lorenzo había cumplido con su horario lavoral y no le importaba que una persona de ciudad estuviera perdida no se sabe donde con poca agua y aún menos comida... encendí la linterna en cuanto ya no quedaba ni un resquicio de luz en el horizonte, que por otra parte no vi.
El bosque se hizo muy oscuro a eso de las ocho de la noche, si, siendo agosto no era nada normal, pero también había que tener en cuenta el factor ramas... Cuando el bosque es muy espeso, la luz no entra me dijo un día mi abuelo... cuanta razón tenía.
Poco a poco fuy perdiendo el sentido de la orientación. Al rato ya no sabía donde estaba el camino, ni hacia donde me dirigía, pero el miedo era más fuerte que la razón, ya que los sonidos nocturno estaban empezando a despertar y no estaba acostumbrada a tal concierto de roces de ramas, aullidos, el ulular de los buhos e incluso algún que otro animalillo haciendo el ganso por donde yo me movía, así que apreté el paso lo que me permitió el terreno y la poca luz que desprendía la linterna.
El bosque se hacía cada vez más espeso. Estaba subiendo, por que pese al cansancio notaba la cuesta que se empinaba delante mío. No puedo describir nada de lo que vi, por que realmente no le prestaba atención nada más que a los sonidos y a que mis músculos no me fallasen en tan ardua empresa. Debí haberme quedado en el coche, pensé. Pero ya era demasiado tarde para volver. Además estaba perdida.
La Luna salió por un resquicio de la espesura de las ramas e iluminó un poco tan oscuro paisaje, me alegró tenerla de compañía. Me calentó el corazón y dio poder a mis músculos, e incluso me atreví a apagar la linterna y disfrutar del paisaje. Estaba perdida, así que... ¿que importaba?, nadie me esperaba en ninguna parte, nadie daría cuentas de mi ausencia hasta quince días después.
Poco a poco el camino se hizo más practicable, la cuesta se había combertido en una explanada y al fondo me pareció distinguir la silueta de lo que parecía un refugio. Aspiré hondo y seguí hasta él.
Mi aventura por el bosque había acabado, por fin estaba en un sitio cobijado y podría dormir, al día siguiente pensaría que hacer.
Pero mi júbilo se convirtió en desidia cuando descubrí que el refugio no era tal, si no una casucha desvencijada que hacía que no se utilizaba muchos años. Las paredes y el tejado estaban intactos... con eso quiero decir que se mantenían en pie, pero la puerta estaba destrozada y a dentro no había nada más que viejos muebles rotos y una chimenea que por el ollín que había dentro, no tiraba.
Así que hice de tripas corazón y me monté un pequeño camastro donde poder descansar con lo poco que tenía en la mochila y las cuatro maderas decentes que encontré.
Algo me distrajo en mi trabajo, una luz empezaba a entrar en la casa. Con el pavor que precede al pensamiento de que algo no anda bien, me giré hacia la dirección del foco de luz. Mi corazón se relajó bastante al ver que no era más que mi compañera haciendose hueco por un agujero del techo.
No pude evitar subir al tejado para estar con ella un rato y darle las grácias por su compañía y su luz. Salí hacia el exterior de la casa buscando algún sitio donde asirme para subir. Lo encontré en la parte de atrás de la casa. Uno huequecillos pequeñitos pero lo suficientemente buenos como para poder meter manos y pies. Así que empecé mi ascensión hacia las estrellas, me senté encima del tejado de la casa y me aseguré de que estubiera bien para no tener ningún otro susto. Cuando ya me hube asegurado, me tumbé y enlacé los dedos de mis dos manos detrás de la nuca.
El cielo era un manto de estrellas con la Luna en su centro, se veían todas las constelaciones visibles en este lado del emisferio, busqué con ardor el camino de Santiago, el haz de luz que me indicaría donde está el norte. Lo encontré. Mi sentido de la orientación se puso en marcha de inmediato indicándome hacia donde tenía que dirigirme al día siguiente.
Un sonido eléctrico me indicó que mi móbil por fin había cogido cobertura, así que ya sabía dónde ir para llamar a los equipos de socorro... Por la mañana. Esa noche hice el amor con las estrellas.
15/06/2004 11:54 #. Tema: Cuentos.

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