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Piano Unas notas acompasadas por unas manos diestras en melancolía sonaban en el ático.Subió al tercer piso, donde la melodía sonaba más cercana y se dispuso a escuchar tras la puerta de la habitación del estudio de su padre. Nadie tocaba el piano como su padre. Era tarde, la noche se había instalado como por casualidad en ese emisferio de la tierra, la luna lucía redonda y llena a través la ventana del pasillo, colgada allí arriba, en el cielo, como puesta ahí a propósito por un dios venido de más allá de las estrellas. Mientras, el piano emitia las últimas notas del Para Elisa... "para mí"- pensaba ella cada vez que escuchaba esa composición. Abrió la puerta en un impulso de correr hacia su padre y abrazarlo, cuanto quería ella a aquel hombre... cuantas penalidades habían pasado juntos desde la muerte de su madre... Y allí estaba él, sentado sobre la banqueta frente a su piano, con su gesto concentrado, serio, imperturbable ante su eterno compañero. Sus manos, completamente sincronizadas, acariciaban las teclas con un gesto amoroso... por un momento Elisa sintió envidia de esas teclas, como también sintió que el impulso de abrazar a su padre estaba a punto de ser reemplazado por unas lágrimas que amenazaban con salir de sus lacrimales, la congoja empezó a hacerse latente en su garganta, mientras empezaba a temblar luchando por no demostrar signo de debilidad alguno hacia la conmovedora escena que estaba viviendo en esos escasos segundos que duró el final de tan magnífica obra. -¿Todavía estás despierta?- Estaba tan concentrada en sus pensamientos que ni siquiera se dió cuenta de que su padre había dejado de tocar. - Si, no puedo dormir.- Contestó ella conteniendo las lágrimas. - ¿Otra pesadilla?- Preguntó aquel hombre con acento andaluz. - Si. - Ven.- Dijo sonriente mientras abría los brazos. La niña no pudo reprimirse más, corrió hacia aquellos brazos protectores y lloró. Su padre la estrechó fuertemente, alzándola y acurrucándola en su regazo. - Voy a enseñarte a tocar el piano Elisa.- La informó su padre.- ¿Te parece que hagamos hoy la primera clase?- Preguntó a la niña con el tono mas amoroso que pudo darle. - Si.- Aplaudió Elisa. Padre e hija, uno al lado del otro en aquella banqueta, empezaron a tocar como uno solo. Primero el padre hizo que la hija imitara los movimientos de sus manos en una de las escalas del piano, después le explicó paso a paso lo que había echo, ubicándo a la niña en las notas musicales de aquel instrumento. La luna fue testigo presencial de aquella noche en la que Elisa empezó a aprender a tocar el piano. Comentarios » Ir a formulario |
Kaze no michiFelix qui potuit rerum cognescere causas. (Virgilio)
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