Noche

fieberbrunn1.jpgSe sentó en el alféizar.

El bosque la llamaba, no sabía por qué pero tenía que ir a dar un paseo en ese mismo instante.
Así que embutiéndose en el abrigo de invierno, y para no despertar a su familia, se dispuso a saltar por la ventana.

Tenía sueño, los párpados le pesaban como plomos atados a sus pestañas, acababa de llorar, y supuso que el escozor procedía de las mismas lágrimas que hacía un momento había secado con la rabia que le proporcionaba su orgullo.

Empezó a caminar por el sendero que conducía al bosque, sus botas de montaña aplastaban las agujas de pino discretamente, sin hacer mucho ruido.

La noche era su compañera, y aunque hacía frío, los años la estaban enseñando que el cansancio también hace sudar.

Poco a poco el bosque fue haciéndose más espeso, ni un resquicio de luz entraba por la copa de los árboles, cada vez más cercanos los unos de los otros, disparándole la adrenalina por saberse sola en un lugar impreciso del inmenso universo que la rodeaba, se dio cuenta que tenía miedo, y eso la hizo caminar más deprisa, pero hacia el fondo del bosque, no se dio la vuelta.

Quería desaparecer de su mundo, buscar un buen sitio donde cobijarse y hacer de él su hogar, quería tener hijos, y un compañero el cual fuese el padre, quería no vivir para trabajar, quería volver a saberse feliz, pero la amargura volvía una y otra vez a invadir sus ojos causándole otro llanto, el llanto de un ser desconsolado sin unos brazos en los que cobijarse.

Después de mucho caminar, volvió a casa. Su padre estaba en la cocina, había heredado de él el insomnio. En la mesa habían dos tazas de cacao con leche todavía humeantes, una de estas la tenía su padre entre las manos, calentándoselas.

Se dio cuenta en aquel momento del frío que tenía, y se sentó al lado de su projenitor.

El no habló, no dijo nada, solo la miraba cariñoso mientras le cedía la otra taza.

Aquel hombre joven, con el pelo totalmente cano y alto y fuerte como un roble estaba esperando las palabras de su hija, palabras que no llegaban por que ella volvía a tener ese nudo en la garganta que no la permitía hablar. Sus ojos empezaron a humedecerse de nuevo, pero en aquel instante, el hombre, puso sus manos sobre aquellos azabaches cristalinos, casi rozando su cara sin llegar a tocarla.

- Nada en el mundo merece el valor de una lágrima tuya.

No pudo contenerse, y mientras su padre la abrazaba, lloró como nunca antes lo había hecho.
20/10/2004 11:09 #. Tema: Cuentos.

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