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Un momento de calma Me siento frente al ordenador que traga todas mis letras.Enciendo un cigarro y miro la pantalla como amenazándola... "Voy a escribir en tí"-. Pienso.- Luego hago un ejercicio mental muy útil para mí. Respiro, me concentro en hacer memoria regresiva de todo lo que me ha pasado hasta parar en el punto justo en el que quiero empezar a escribir. Suelto mis dedos, los desentumezco, hago que bailen el desenfrenado ritmo de la rapidez de mis pensamientos. Me callo. Hago punto y a parte, se me está ocurriendo un cuento, a vuelto a mi mente la creatividad de antaño; no soy tan mayor como pretendo creer, y no sé como tomármelo. De momento sigo frente a la pantalla, el cuento va tomando forma en mi mente mientras pienso, por otro lado, como empezar a escribir los primeros párrafos. Desisto del intento de escribirlo en sistema binario, prefiero el viejo estilo. Dejo a un lado el teclado, abro el cajón de mis recuerdos y saco mi libreta, en ella se escribir. El bolígrafo suelta su tinta como endemoniado, la libreta va llenándose de borrones, letra gótica, letra redondilla, faltas de ortografía, las cuales duelen a los ojos que las escriben, letras, letras, letras... "La figura de un hombre hace que el museo en el que estoy, me pase mas bien desapercibido. La exposición me interesa, las puertas del infierno hacen que mi piel tiemble en un leve escalofrío... Como si las figuras que en la escultura cuelgan, extendieran sus brazos para instarme a entrar con ellas en la espiral de sufrimiento que representan. Una calavera me mira, está detras de la cruz rota del nazareno... Dante tuvo que ser asiduo de allí para representarla tan vivamente en La Divina Comedia... Rodin tuvo que soñar con ellas para plasmarlas tan bien en una escultura. Me fijo en una parte de las puertas. El hombre me mira, mientras debajo de él yace una mujer, sobre él, tres musas aladas posan sus manos.- Esto lo he visto en algún lado, a parte.- Pienso.- Si, es una escultura a parte. Me adentro en la sala como alma que lleva el diablo, como poseida ante la idea de ver la escultura que ahora se confunde entre el resto de bustos de las puertas del infierno. Me cuelo entre la gente, dejando a un lado el resto de su obra para ir a buscar lo que anhelo ver con todas mis fuerzas. Está ahí, apartada, esperando ser apreciada ante unos ojos expertos. Los míos no lo son, pero no sé que sensación me produce esa escultura... quizá un morbo especial, perverso. Me gusta. Se llama el Ungolino. Realmente no sé por qué recuerdo ahora su nombre. Y esa escultura me turba, hace que incluso llegue a excitarme un poco. Mientras el escultor plasmó allí la decadencia de su propia vida, esa conjunción de cuerpos hace que por un momento desaparezca del mundo para calmar mis ánsias de salir disparada en busca de algún artista solitario que haga las veces de amante. Una mujer se pone a mi lado, las dos nos quedamos embobadas con el reportaje que están poniendo en una sala contígua a la exposición. En él, el comentarista explica las diferentes épocas del artista, sus problemas con el govierno por la censura de su obra, la trayectoria que vivió desde que empezó a esculpir hasta su muerte. El idioma hace que me suma en un trance hipnótico. Siento un ligero calor que me lleva a un estado de sopor extraño... He de salir de allí". Durante la noche mis pensamientos han fluido, se han convertido en un cuento, dos poesías y un relato. Es increíble como puede dar de sí una mente viendo tan solo un trozo de bronce esculpido por unas manos que son capaces de darle vida. También se ha echo evidente en mí el cambio de carácter que he experimentado tan solo en dos días. Se acabó la siesta. Comentarios » Ir a formulario
Es la primera vez que te leo y no salgo de mi asombro, lo único que he entendido es que la siesta te cunde muchísimo. Creo que voy a leer tu relato otra vez, un saludo y encantada de conocerte.
Fecha: 21/02/2005 11:19.
Es un honor tan gratas palabras, espero leerte más por aquí, y por allí ^_^
Gracias, Bienvenida e igualmente XD Fecha: 21/02/2005 11:34. |
Kaze no michiFelix qui potuit rerum cognescere causas. (Virgilio)
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