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Aurea Cogió su maleta y se marchó. Las cosas que llevaba en ella eran las que quiso llevarse, nada mas y nada menos; un cepillo de dientes, un peine, un libro, una libreta, una muda, un par de camisetas, dos pares de pantalones y un bolígrafo... ¿para qué quería mas?, para que quería llenar esa maleta de cosas que no le servían para nada, de un teléfono movil, de una maquina depilatoria o un secador... ¿para que?, se iba, se marchaba donde nadie la reconociera, sin despedidas ni vacilaciones, cogería el primer tren que saliera de la estación con destino a ninguna parte y allí reharía su vida, en otro lugar, con otra gente desconocida, en otros rincones donde aparecer y desaparecer cuando le apeteciera, sin dar explicaciones a nadie de como hacer y deshacer su vida.El viaje en metro era como siempre, gente gris con su traje gris de las mañanas, con sus miradas frías y sus desplantes al sentarse en el bagón, la mayoría ni si quiera hacía el esfuerzo de mirar a los ojos a sus compañeros de viaje, se sentaban, cogían el periódico, hacían ver que lo leían con cara de interés por lo que pasaba en el mundo... como odiaba al ser humano. En la parada siguiente entró una mujer anciana, con un niño de la mano, la abuela iba a llevar a su nieto al colegio, el bagón estaba a tope, nadie se inmutó al ver como la mujer hacía malabarismos para mantenerse en pie cuando el metro arrancó, ella se levantó amablemente y le cedió su espacio, la anciana la miró con cara de amabilidad, y sorprendentemente, cedió ese lugar a su nieto, un niñito de cuatro años, con cara enfermiza y ojos tristes. La señora que estaba al lado de ese asiento miró a la anciana reprovatiba, como diciendo "ese lugar está reservado para las personas mayores, y usted sienta al niño", pero la anciana no hizo caso del desplante y sonrió a Aurea. - Está malito ¿sabes?, lleva desde que nació malito.- Dijo la anciana como disculpándose. - No se preocupe señora, yo le he cedido el asiento a usted, pero puede sentarse el niño, no seré yo quien le diga nada.- Dijo Aurea sonriéndola y mirando a la otra señora casi con odio. El niño tosió, y la señora de al lado hizo un ademán, como si los microbios del pobre chavalillo infectaran su espacio vital. - Señora, ¡que no muerde!- Le contestó Aurea, cansada de tanta tontería. La mujer se levantó altiva, por un momento Aurea pensó que la iba a matar con la mirada, pero el metro dió un frenazo y la mujer casi salió disparada hacia adelante, de no ser por Aurea, que la cogió justo antes de que perdiera el equilibrio, se hubiera dado un buen trompazo, aunque la mujer, lejos de agradecerlo, se recompuso, y salió del bagón taconeando. - Sientesé al lado de su nieto, mujer, que me está haciendo sufrir.- Dijo Aurea a la anciana amablemente. La señora se sentó al lado de su nieto, sacando un pañuelo y limpiándole la nariz, de esa manera que solo saben hacer las abuelas, con tanto cariño... A Aurea se le encogió el corazón con esa escena, la anciana la miró y le dió las gracias. - Eres una buena chica, ojalá se den cuenta los que te pierden.- Le dijo sorprendiéndola. - ¿como...?.- Empezó a preguntar Aurea. - Es facil saberlo.- Contestó la mujer interrumpiéndola.- Cuando una mujer envejece, se lleva consigo muchas cosas, entre ellas, el reconocer a otra mujer como ella.- Continuó.- Te has ido de tu casa con lo justo, por como vas vestida, diría que te vas de viaje, por la mochila que llevas, te diría que vas a pasar un fin de semana... pero tal como te has comportado con aquella mujer, parece que has aprendido lo que mucha gente todavía le cuesta comprender a tu edad... el ser humano es malo, y eso ya lo sabes tú por experiencia, tus ojos me dicen que esta noche no has dormido, y que has llorado, lo que me hace pensar que has tenido una decepción con alguien... o de todo. No llevas medallas ni anillos, ni si quiera un reloj y el espacio del teléfono movil en tu bolso está vacío, algo bastante poco común en los tiempos que corren, eso me hace deducir, que no esperas que nadie te llame, con lo cual, te sientes sola.- Prosiguió.- Lo que todavía no has aprendido es que por mucho que te empeñes en creerte sola, no lo estás.- Dijo la anciana abrazando a su nieto.- La vida te enseñará a saber quien merece y quien no merece la pena, niña. Aurea se sintió por un momento perdida, desnuda en un bagón de metro lleno de gente, muda de asombro. - Pero no te preocupes.- Continuó la anciana.- Haz ese viaje, encuentraté a tí misma, sorprendeté de tu propia soledad, exprime cada segundo que te ofrece la vida, y no pienses en el mañana, por que vendrá... siempre llega.- Le sonrió.- Ya lo ves.- Dijo dirigiéndose a ella misma y a su nieto.- ¿como te llamas, niña?.- Preguntó despues de dos segundos, como acordándose de algo. -Aurea.- Llegó a contestar. -Que casualidad.- Dijo abriendo enormemente los ojos.- Yo también. Ambas sonrieron, con la complicidad de alguien que mira su propio reflejo. El metro llegó al destino de Aurea, se puso la mochila al hombro y se despidió de su tocaya. Las últimas palabras de esa mujer que tánto se le parecía fueron dirigidas a su nieto. - Cuando estuve en Fisterra....- Se apagó la voz. Aurea ya conocía su destino. Comentarios » Ir a formulario
A mí a veces también me dan ganas de imitar a Aurea y emprender ese viaje. Tengo curiosidad por saber qué descubriría, sobre todo, de mí misma. ¡Qué gustazo leerte, Aedia!. Ha merecido la pena la espera :-) Un besote.
Fecha: 13/05/2005 18:49.
El gustazo es mío por tener una habitual como tú en este lugar ^_^
Besazo enorme!!! Fecha: 14/05/2005 01:46. |
Kaze no michiFelix qui potuit rerum cognescere causas. (Virgilio)
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