
Alas negras me envuelven en su suave manto.
Ficticiamente me protegen mientras su veneno agota mi vida.
Me asustan, pero no puedo evitar sentirme extrañamente acunada en su seno.
Los ángeles vigilan mi morada oscura.
Grito, pero no me oyen.
Pataleo, pero no me ayudan.
Aguanto estoicamente el embate del viento que susurra incansable a mi alrededor.
Poco a poco las plumas se despegan de esas alas que me matan.
Pero siempre queda alguna.
Siempre me arrastra.