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Resumen

El secreto de Ana

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1. Hablando de puertas.

Son rectangulares, normalmente adornadas con motivos florales, algunas acristaladas, otras totalmente macizas. Antiguamente no eran lo que son hoy en día, antiguamente eran de fullola, no tenían una gran resistencia, y muy al contrario del resto de muebles de una casa, que se han vuelto más funcionales que decorativos, las puertas han tomado un cáliz más robusto, mas entero. Entras en una casa y en lo primero que te fijas antes de entrar es en la calidad de la puerta. Si la puerta es buena, robusta, segura, da la sensación que entras en un mundo en el que lo que hay en el exterior no puede hacerte daño. Sin embargo, si entras en una casa donde la puerta es de mala calidad, da una sensación de desasosiego e inseguridad muy poco agradable.

Eso es lo que me pasó a mí el día en el que traspasé, por primera vez, la puerta de casa de Ana.

La conocí esa misma noche, en un bar cualquiera de esta maldita ciudad, la verdad es que fue ella la que se fijó en mí, cuando nuestras miradas se cruzaron y comprobé dos veces que su sonrisa pícara iba dirigida a mí, comprendí en seguida, que había encontrado lo que andaba buscando allí. Llevaba un vestido rojo de tirantes, suficientemente largo como para que no pasaran desapercibidas sus piernas perfectas, y el pelo corto graciosamente decorado con gomina brillante, no llevaba pendientes ni joyas, y por su comodidad, intuí enseguida que todo lo que llevaba encima lo había dejado en el guarda ropa.

Ella también buscaba una presa.

Se acercó a mí despacio, como saboreando el momento de cruzar nuestra primera palabra, mirándome directamente a los ojos, sin parpadear. Contoneaba las caderas con movimientos rítmicos y precisos, mostrándome todas sus armas, sucumbí pronto al hechizo de aquella mujer, no me costó nada entablar una conversación amigable con ella, de esas casi estudiadas que entablas con desconocidos: -Hola, me llamo tal. –Hace mucho que vienes por aquí. – Sí a mi también me gusta el ambiente… ¿Te apetece una copa?

En definitiva no era una mujer espectacular, pero entraba dentro de mis expectativas; ni demasiado alta, ni demasiado gruesa, ni demasiado fea, con conversación agradable y discreta. Perfecta para el tipo de sexo sin compromiso que necesitaba.

No tardamos mucho en enrollarnos, ambos sabíamos perfectamente a lo que íbamos. Me sentía excitado, sediento de aquella mujer, ella era puro sexo, apasionada, salvaje. No tardó mucho en atacar a mi entrepierna con rabia, deseosa de tenerlo entre sus manos, no paraba de acariciarme con fuerza, yo la apretaba contra mí en esos momentos, tenía ganas de carne, quería tenerla debajo mío… o encima, quería tenerla cerca, y ya empezaba a estorbarnos la ropa. – Tengo el coche fuera.- Me dijo. – Vamos a mi casa.

No aguantamos hasta su casa, en un descansillo de la nacional, paró el coche, apagó las luces y se subió encima mío. – Uno rápido.- me dijo.- Luego habrá tiempo para la ternura.- Mientras me desabrochaba el pantalón, yo hundí mis manos en sus pechos, los probé ansioso, ella se dejaba hacer sin parar de buscar su cometido.

Me bajó los pantalones lo suficiente como para que no molestasen ni tuviera que moverme demasiado. Como sospechaba, no llevaba ropa interior, lo pude comprobar en el momento en el que se acomodó y empujó hacia adentro. Empezó a contonearse frenéticamente encima de mí, yo estaba acostumbrado a follar, pero aquella mujer me dejó sin aliento en los primeros cinco minutos, provocó mi eyaculación en dos y aún pudo provocarme otra, pero ella también se había corrido.

Como quien cumple una misión, saltó de encima mío pese a mi insistencia de querer abrazarla. Mecánicamente encendió el motor del coche, encendió las luces, se puso el cinturón de seguridad y se puso en marcha.

- Ya habrá tiempo para la ternura.- Repitió con una sonrisa en la boca.

Aquella sonrisa enigmática, excitada y melancólica me hizo pensar en que aquella frase era más un mantra para ella que puras palabras elegidas al azar, y mientras daba vueltas en mi cabeza, aquella sonrisa se me dibujó en un lugar de la memoria donde nunca se borraría.

Llegamos al barrio dónde vivía Ana, se dirigió directamente a la puerta de un parking, sacó de la guantera un mando y accionó el mecanismo eléctrico que abriría la puerta. Entramos en el parking y aparcó el coche en una amplia zona de aparcamiento libre de obstáculos.

Ana me miró, apagó el radio cd, desconectó las luces, cerró la ventanilla, apagó el motor, se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió del coche. Yo hice exactamente lo mismo, pero sin las vicisitudes que acarrea el conductor. Cuando cerré la puerta sonó como un pitido, el cierre centralizado del coche hizo su función mientras Ana ya comenzaba a andar con paso seguro hacia la puerta de servicio.

Me la quedé mirando como quien tiene una visión, se me empezaba a hacer una imagen de ella incomparable a todas las mujeres con las que he estado. La mayoría esperan de ti una caricia, un beso, una palabra. Te miran como un perro anhelando el hueso, aunque sólo sea por una noche, quieren sentirse queridas. Ana no. Ana buscó, encontró, cogió, dio y no esperó, nada. Dudo mucho que si quiera esperase a que yo despertase de mi absurdo embelesamiento y emprendiera el camino rumbo al placer de su sexo. Dudo mucho que esperase a que le dijera un espérame. Dudo mucho que, durante el camino a su casa esperara una palabra mía, una caricia, un beso. Ana no era una mujer corriente.

Y fue durante ese pensamiento, cuando cometí el peor error de mi vida.

Corrí hacia ella y me puse a su altura, me miró sonriente y me pegó una cachetada en el trasero, me guiño un ojo y se paró.

- ¿Qué pasa?.- Pregunté.

- El ascensor.- Dijo ella mirando hacia la pared donde precisamente se dibujaba la puerta de un ascensor. Me ha hipnotizado. Pensé al mismo tiempo que ella apretaba el botón de llamada.

Una vez llegamos al descansillo de su piso, metió la llave en la cerradura de la puerta y abrió. Una mezcla de olores salieron despedidos del apartamento, una combinación de pachouli con vainilla y menta, el olor se metió en mi nariz y me hizo estornudar, era fuerte, pero no era desagradable, traspasé el umbral y ipso facto empezó a invadirme una sensación extraña, mezcla de inseguridad y recelo, por un momento pensé en salir de allí, pero ya había probado un poco del sexo de Ana, y mi otro yo pedía a gritos la mortaja a la que ella me estaba viciando.

19/09/2007 09:48 Autor: aedia. #. Tema: Cuentos Hay 4 comentarios.

Agujas

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Mi cuerpo ya no me pertenece, hará ahora cuatro meses que ya no es mío.

Pertenece a un dolor. Un dolor que ni los médicos saben a ciencia cierta de donde sale. Y me siento una coballa a veces, un estorbo, otras. Un pelele, la mayoría del tiempo. Y una inútil, casi siempre.

Imaginaos por un momento dos agujas de esas que usaban nuestras abuelas para hacer punto. Luego, imaginaos que esas agujas se os clavan en el lado derecho, entre la última costilla de vuestro esqueleto y el estómago. Si, justo ahí. Imaginaos que una de ella se os queda clavada y que por mucho que hagáis ella está ahí, doliendo, permanentemente. Y luego, que la otra de vez en cuando se vuelve a clavar y se remueve por dentro. Ese, más o menos en vuestra imaginación es el dolor que siento yo casi cada día, y cada día el mal estar por las tardes-noches, las nauseas, los abcesos de fiebre y las vomiteras (por suerte ésto último se produce muy de vez en cuando).

Por eso mismo, digo que mi cuerpo ya no me pertenece. Que mi mente quiere estar en muchos lados, en muchos sitios, con mucha gente. Pero no dependo de mí. Dependo de él.

Y jode, y te hace sentir impotente, y merma, y daña, y ahoga, y duele, y molesta...

Total, que empiezo a estar un poco hasta la polla (si tuviera y/o tuviese).

24/09/2007 15:27 Autor: aedia. #. Tema: Mis ollas Hay 2 comentarios.




Kaze no michi

Felix qui potuit rerum cognescere causas. (Virgilio)

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