el secreto de Ana III

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2. Actores

 

Hacía dos semanas que no veía a Ana y no dejaba de pensar en ella. Algún día estuve tentado en ir a su casa… pero no me atreví.

¿Qué estaría haciendo? ¿En qué trabajaba?

Me despedí de la manera más ruin que puede despedirse alguien, con una mísera nota en su mesilla. La recordaba durmiendo tranquila hecha un ovillo abrazada a la almohada. Su respiración templada y su rostro dulcificado por el efecto del sueño casi me empujaron a volver a mecerla en mis brazos, a despertarla con un beso y hacerle el amor otra vez. Pero mi razón me lo prohibió, cerré aquella puerta que me había producido tanta inseguridad.

Y caí de nuevo a la realidad.

A los despertares con la radio en una cama en la que también cabía ella, el café frío de la noche anterior, la lectura solitaria del periódico de la mañana…  el maldito y odiado tráfico de la ciudad. A la oficina y las comidas con clientes. Me sentía un perro perdido en una ciudad de extraños buscando a un dueño cariñoso que me limpiara las heridas. Lo curioso era que antes de  conocerla, me gustaba mi vida.

 ¿Y ella? ¿Como se sentía ella?

El viernes siguiente a nuestro encuentro fui al pub donde la conocí. Estuve allí toda la noche, sentado en la barra esperando que de un momento a otro apareciera con su vestido rojo y su pelo engominado, fantaseando en como sería nuestro encuentro. Me daría un par de toques en el hombro y me pediría fuego, como algo casual. Se sentaría a mi lado y pediría un bourbon, me saludaría fría, como si no me conociera. Sería su forma de castigarme por el desplante… O me giraría despacio, al escuchar una canción que ella y yo bailamos aquel día y la vería en medio de la pista… Incluso hice el gesto esperando el milagro.

Ana no apareció… ni ese fin de semana, ni al otro.

Fue el sábado siguiente cuando me armé de valor y decidí ir a su encuentro. Cogí el coche y fui hacia su barrio pensando en la excusa perfecta para aparecer en su casa sin levantar sospechas. Pero cualquiera que pasaba por mi mente me parecía estúpida. ¿Y que tal decirle la verdad? Que no me la podía quitar de la cabeza hiciera lo que hiciese, que se había instalado en mi mente como el respirar. Que necesitaba su aroma, sus ojos, sus caricias, su sonrisa… Menudo gilipollas, a tu edad y fantaseando como un quinceañero. Pensé.

Aparqué el coche a dos calles de la suya y emprendí el camino a su bloque, todavía estaba pensando en cómo reaccionaría ella al abrir la puerta y verme allí cuando la vi. Salía del supermercado con dos bolsas cargadas hasta arriba. Llevaba la misma ropa que la última vez que se la quitó para mí, vestía el mismo halo de seguridad. La seguí hasta donde la razón me dijo… y un grito chillón me delató.

Se giró al escuchar su nombre y me miró directamente, yo sonreí, y por su gesto no debió ser una sonrisa muy agradable de ver. Me sentí un verdadero imbécil. Pero ya no había marcha atrás y fui a su encuentro.

 

-          ¿Qué haces aquí? – Preguntó.

-          He tenido que venir por aquí a ver a un cliente, te he visto por casualidad.- Me excusé yo.

Sonrió.

-          ¿Has acabado ya?- Preguntó de sopetón.

-          ¿De qué?- Contesté desarmado.

-          De ver a tu cliente.- Afirmó. Me había pillado.

-          Si, si… ya he acabado, ha sido rápido.- Contesté.

-          Y…

-          Nada, bueno… pues te he visto, y he pensado…

-          Claro, anda, ayúdame con esto.- Dijo ofreciéndome una bolsa y haciéndose cómplice de mi mentira.

Subimos a su casa, descargamos la compra en la cocina y la ayudé a poner todo en su sitio.

-          Bueno, ¿Qué has pensado?- Dijo rompiendo el silencio que habíamos creado.

-          Pues… en invitarte a comer.

-          A comer.- Repitió melosa. ¡Dios! Como me ponía esa mujer. Me acerqué un poco más a ella, casi podíamos rozarnos…

-          Si, a comer- Repetí cogiéndola por la cintura. Ella se apartó despacio.

-          Bien, acepto- Dijo sin perder la compostura. Algo que yo ya había perdido no sabía donde. – Tardo cinco minutos en cambiarme.

-          No hace falta, ya estás bien- “Gilipollas”- Pensé.

-          No me invitan a comer todos los días.- Sonrió saliendo de la cocina- ¡Cinco minutos!

En donde me había metido…

Tardó tres. Nunca había conocido a una mujer que pudiera cambiarse de ropa y arreglarse tan rápido. Y no me defraudó. Eligió un vestido negro largo hasta los tobillos que reafirmaban las curvas que acaricié dos semanas atrás y unas sandalias de tacón rojas que le hacían unos tobillos muy apetecibles, tan apetecibles como su escote… Discreto pero encantador.

-          ¿A dónde me llevas?- Preguntó con esa picardía inocente que sólo las mujeres pueden adoptar en su voz.

-          Ya lo verás.- Respondí.

El trayecto hasta el restaurante resultó cómodamente silencioso, ella mirando hacia la carretera dejándose acariciar por la brisa marina, yo, intentando disimular mis ganas de que se le abriera el vestido por el corte que me permitiría ver sus piernas.

Llegamos sin que se produjera el milagro. Observó que nunca había ido a un restaurante tan caro, que normalmente comía en su casa y la comida más lujosa que se había permitido eran pizzas a domicilio desde que empezó a vivir sola. Se había trasladado hacía poco a la ciudad, por una beca de estudios que le habían dado… pero pronto perdí el hilo de la conversación, al mismo tiempo que me perdía en sus ojos. Aquellos ojos que querían ser lo que no eran, que no decían toda la verdad pero que no mentían. Que ocultaban… Lo que no dijo, me sedujo mucho más que lo que me contó. Yo era abogado. Sabía cuando alguien me ocultaba algo.

Y averiguaría qué ocultaba.

 

22/01/2008 20:58 Autor: aedia. #.

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Autor: Eneas

Presiento que el abogado lo pasará mal y me muero por saber de que modo sufrirá,en cualquier caso seguro que acaba aprendiendo mucho de su historia con Ana.Kaze se supera en cada nueva entrega.Esto cada vez contiene más tintes de novela negra.Interesante.

Fecha: 23/01/2008 15:09.


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